BONAPARTE. CITAS.

Mientras se alejan, Napoleón le dice a Bourrienne: “El rey se ha rebajado, y en política quién se rebaja no se vuelve a levantar”.

En ese momento, juzga los acontecimientos revolucionarios del 20 de junio y sobre todo del 10 de agosto como un hombre de orden y un oficial. Sean cuales sean sus principios, considera que el poder no debe pertenecer a la calle, a la masa, al populacho. La ley ha de imponerse. Es necesario, pues, un jefe que sepa decidir, un hombre con energía, fuerza y audacia. El puede ser el hombre.

Hay que disparar sin desalentarse y, después de cien golpes inútiles, el ciento uno causa su efecto.

Atacar en todas direcciones sería un error militar – prosigue Napoleón como si no hubiera oído la precisión del delegado -. No hay que diseminar los ataques sino concentrarlos. Los sistemas de guerra son como los asedios de las plazas: hay que concentrar el fuego contra un solo punto, y, una vez que se abre la brecha y se rompe el equilibrio, todo lo demás resulta inútil y la plaza cae.

Puede ser que pierda algún día una batalla, pero no perderé jamás un minuto por confianza o pereza – declara.

De la victoria a la derrota no hay más que un paso – dice -. Una bagatela ha decidido siempre los acontecimientos más importantes.

El secreto de las grandes batallas consiste en saber desplegarse en el momento conveniente, añade sin mirar a Berthier.

Hay que saber esperar.

Pausadamente, como si no sintiera en él esa ansiedad que lo consume, asegura que la fuerza de un ejército, “Tal como Guibert nos ha enseñado”, es el producto de la velocidad por la masa.

¿Qué pueden significar las sumas que le ofrecen, cuando él se siente poseído de un deseo y una ambición inmensos? No quiere esas pequeñas recompensas del poder: quiere el poder.

Napoleón anda de arriba abajo. Ese juego lo excita. Se siente hábil en él; es una guerra, pero subterránea y silenciosa. Un juego de ajedrez. Un enfrentamiento semejante al de un campo de casillas y piezas más numerosas. La guerra equivaldría al juego de damas, la política al juego de ajedrez.

Napoleón entra lentamente en la estancia de bajo techo donde se encuentran los dos plenipotenciarios. Ganará, porque sabe lo que quiere. Lo que da la fuerza a un hombre, general o jefe de Estado, es ver más lejos y más rápido que sus adversarios.

Cualquier cosa, cualquier ser posee una cara oculta y sombría, que a menudo explica los hechos.

En París será un triunfo, el gentío se agolpará en las calles por donde pase usted; – el pueblo se agolparía igual si me enviaran a la guillotina.

Un general en jefe debe estar investido de un poder terrible.

Quién teme por su vida sin duda la perderá.

Hay que saber ser osado y calculador al mismo tiempo, y librar a los demás a la fortuna.

El futuro es incierto; sólo el presente debe ser considerado.

Yo no soy de ningún bando; soy del gran bando del pueblo francés.

Siempre en los avatares de la vida la prudencia es necesaria.

Sólo descubrirá sus armas cuando esté seguro de todas las posiciones.

Debe actuar porque, sino conquista el poder, lo hundirán.

La gloria se desvanece rápido, y la popularidad a veces se torna a menudo en condena.

Pero toda medalla tiene su reverso.

No hay un mal pueblo para un buen gobierno, como no hay malas tropas al mando de buenos jefes.

Hay que anticiparse a los enemigos y mostrar buena disposición; si no, creen que inspiran temor y eso les infunde valor.

Los hombres ávidos de dinero sólo desean poder por la riqueza que procura.

La clase ignorante no debe ejercer su influencia sobre la legislación ni sobre el gobierno.

No basta con reprimir y prohibir.

Para domesticar a los hombres basta con corromperlos.

¿Qué sentido tendría estar en el poder y carecer de dinero? El poder es también el dinero.

¿Cómo admitir que debe confiar en él? Un jefe necesita de agentes dispuestos y fieles, y no de personajes preocupados de su propio interés.

Mantener las fuerzas reunidas, no ser vulnerable por ningún punto, no separar nunca a un ejército la víspera de un ataque: un batallón puede ser decisivo.

Las armas dictan la ley.

¡Todo el mundo se dedica a robar! ¿Cómo evitarlo? Esté país está corrompido.

La sociedad no puede existir sin la desigualdad de fortunas, y la desigualdad de fortunas no puede existir sin la religión.

Una revolución no desaparece: se canaliza, se la corrige. Sobre sus cenizas se construyen “los pilares de granito”, las nuevas instituciones. Y a ello se dedica todos los días desde que amanece hasta el anochecer.

En la guerra como en la política, para combatir a los adversarios es necesario penetrar en sus intenciones, dejar que se descubran, fingir debilidad o ignorancia, y actuar en el momento oportuno.

No me harán creer una cosa por otra. Aquí no hay ningún ni emigrado, ni noble, ni sacerdote – sentencia – . Son los jacobinos, los masacradotes de septiembre.

Se acerca Fouché. Quiero que caiga sobre ellos todo el peso de la justicia…

Le indigna que Fouché repita que se trata de chuanes, y que conseguirá pruebas suficientes en ocho días. Napoleón se marcha.

¡En su lugar, me sentiría avergonzado de lo ocurrido ayer! – Y exclama en voz alta para que lo oigan – : Fouché tiene sus razones para guardar silencio: es indulgente con los suyos. Es evidente que protege a un hatajo de hombres cubiertos de sangre y de deudas. ¿No fue él uno de sus dirigentes? ¿Acaso no conozco yo lo que hizo en Lyon y en Loira? Lo ocurrido allí explica la conducta de Fouché.

A medianoche del 29 de enero de 1801, se convoca en las Tullerías de un Consejo secreto. Napoleón lo preside, rodeado de los otros dos Cónsules y de algunas personalidades, Portalis, Talleyrand, Roederer. Se plantean el recurso de gracia para algunos de los condenados por la conspiración de los puñales. Pero no se les concede. El 31 de enero son guillotinados. El 26 de diciembre, al hablar de “la venganza que debe ser fulminante por un crimen tan atroz”, Napoleón ha dicho ante el consejo de Estado: La sangre es necesaria.

Es más fácil dictar leyes que hacerlas ejecutar… Es igual que sí me dieran cien mil hombres y me dijeran que haga de ellos unos buenos soldados.

¿La paz? La desea y casi la ha conseguido. Pero falta todavía imponérsela a Inglaterra. La partida que se juega es simple. El domina el continente europeo. La alianza con Rusia es la clave de esta pacificación continental, que supone la sumisión de Austria y una presencia de Francia en Alemania y en Italia. ¿Podrá mantener reunidos a todos los peones, controlar el norte y el sur del tablero, el este y el oeste?¿Y por cuánto tiempo se obstinará Inglaterra? Napoleón, sin embargo, parece inquieto. ¿Es posible la paz? De la victoria a la derrota no hay más que un paso. Esta idea lo asalta cada vez que consigue un triunfo y la multitud lo aclama. La gloria es fugitiva y el poder que posee, precario.

Bourrienne le entrega los despachos que acaba de llevar a las Tullerías el correo del norte. Napoleón lee. El zar Pablo I ha sido estrangulado en su palacio el 24 de marzo, y su hijo Alejandro, sin duda cómplice de los asesinos, ha sido coronado. Oficialmente, Pablo ha muerto de apoplejía. Los rusos partidarios de una alianza con Inglaterra están exultantes. Londres triunfa. Napoleón se queda estupefacto. Piensa en su propio destino en ese palacio. Diga lo que diga Fouché, el que gobierna es siempre un blanco. Estaba seguro de que, con ayuda del zar, asestaría un golpe mortal al poderío inglés sobre las Indias – dice Napoleón -. ¡Una revolución en palacio trastorna todos mis proyectos!

¿Cómo no suponer que detrás de los asesinos del zar se ocultan los ingleses, proveedores de fondos y protectores también de Cadoudal? Londres desea a cualquier precio impedir que Europa continental esté en paz. Acaba de dirigir un ultimátum a las potencias del norte, que junto con Dinamarca han constituido una liga de países neutrales. Inglaterra exige que abran los puertos a sus mercancías, y se arroga el derecho de revisar todos los navíos. La escuadra de Nelson acaba de penetrar en el Báltico para imponer sus exigencias y amenazar a Copenhague.

Bourrienne entra en el baño, donde Napoleón descansa sumergido en agua caliente. A pesar del vapor, se acomoda y Napoleón comienza a dictarle una carta para Luciano: No mandaría jamás mi retrato a un hombre que mantiene a su predecesor entre rejas y emplea los métodos de la inquisición. Puedo servirme de él, pero le debo desprecio.

Después, sentado a su mesa, consulta los informes de su policía personal, que refuerza y controla la de Fouché. ¿De quién se puede estar seguro? El zar ha sido asesinado en su propio dormitorio, en medio de su palacio. ¡Y su propio hijo, Alejandro, era cómplice! Todo es posible en la cúpula del poder, y todo se olvida. Ha enviado a Duroc a San Petersburgo para trabar buenas relaciones con Alejandro I y aceptar la fábula de la muerte de Pablo I como consecuencia de una apoplejía.

Después de un ejército victorioso, no conozco mejores aliados que aquellos que dirigen las conciencias en nombre de Dios.

El diplomático Francois Cacault ha salido hacia Roma con instrucciones precisas. “Trate al sumo pontífice como si tuviera doscientos mil hombres!”, le ha dicho Napoleón. Precisamente porque el adversario es poderoso, hay que amenazarlo o capitular frente a él. Después de todo, Enrique VIII fundó la religión anglicana. Otros soberanos son protestantes. ¡Y los reyes de Francia eran anglicanos! ¿Por qué razón habría de postrarse?.

He nacido católico y no deseo otra cosa sino restablecer el catolicismo – prosigue Napoleón -. Pero el comportamiento del papa me tienta a hacerme luterano o calvinista, y arrastrar conmigo a toda Francia. ¡Que el papa cambie de actitud y me escuche! – concluye.

Temo las querellas religiosas, las disensiones en las familias, turbaciones inevitables. Al reinstaurar la religión predominante en el país y que domina aún en los corazones, y dejar que las minorías ejerzan libremente su culto, estoy en armonía con la nación y satisfago a todo el mundo.

Dirán que soy papista, pero yo no soy nada. Era mahometano en Egipto; y sería católico por el bien del pueblo. No creo en las religiones – confiesa -. Pero la idea de un Dios…

Durante la noche del 15 al 16 de julio, a las dos de la madrugada, se firma el concordato. Al fin, el lazo entre los realistas y la iglesia queda roto. Los curas estarán bajo el control del poder. Y él podrá elegir a los obispos.

Talleyrand aprueba. Conviene siempre evitar los intermediarios y tratar de hablar personalmente con aquel que decide

Los más diplomáticos y los soberanos son hombres como los demás.

¿Pero qué pueden las palabras si las fuerzas de las armas no las sostienen?

A cañonazos se hace entrar en razón.

Los hombres son los hombres. “Y los hombres son como los números: sólo adquieren valor por su posición”.

Nunca se desconfía lo suficiente del rencor de los hombres y de su obstinación en perjudicar y en intentar reconquistar lo que han perdido.

Diez hombres hablando hacen más ruido que diez mil en silencio.

Sólo hay un secreto para dirigir el mundo: ser fuerte, porque en la fuerza no hay error ni ilusión; es la verdad al desnudo.

La opinión pública es un poder invisible y misterioso a la que nada se le resiste: nada es más móvil, más vago y más fuerte.

¿Qué es la popularidad, la imprudencia? ¿Pero quién fue más popular y complaciente que él desgraciado Luis XVI? Sin embargo, ¿Cuál ha sido su destino?

Uno sólo está verdaderamente apoyado por sus inferiores cuando saben que es inflexible.

Los curas pretenden reservarse el influjo sobre la inteligencia, sobre la parte noble del hombre.

No habrá un Estado político seguro si no hay un cuerpo educativo estable con principios fijos. Mientras no se aprenda desde la infancia si hay que ser republicano o monárquico, católico o irreligioso, el Estado no constituirá una nación.

Los militares se caracterizan por quererlo todo despóticamente. El hombre civil, en cambio, lo somete todo a discusión, a la verdad y a la razón.

He cultivado siempre el análisis y, si me enamorara seriamente, descompondría mi amor pieza a pieza.

Quiere que se creen liceos en todos los departamentos para que la instrucción pública forme los espíritus de quienes serán después el armazón de la nación. Y para los ciudadanos mejores, instituye una nueva orden de caballería, la legión de honor.

Desafió a que me muestren una sola república antigua o moderna en la que no haya habido distinciones. Las llamas “falsas ilusiones”, lo sé. Pero es con falsas ilusiones como se dirige a los hombres. Yo no creo que el pueblo francés ame la libertad y la igualdad. Los franceses no han cambiado nada por diez años de revolución; son lo mismo que eran los galos, valientes y superficiales. Hay, pues, que alimentar ese sentimiento. Necesitan de las distinciones. ¿Creen ustedes que harían pelear a los hombres con el análisis?

Si no respetaron el testamento de Luis XVI, ¿van a respetar el mío? ¡Un hombre muerto, sea quién sea, ya no es nada.

Napoleón convoca a Fouché en las Tullerías. No desea hacer de ese hombre un enemigo. Pero la calma y la seguridad de Fouché lo sorprenden siempre y lo irritan.

En la guerra todo se consigue por el cálculo. Todo lo que no sea profundamente estudiado con todo detalle no produce ningún resultado.

¡Bribones! Tal vez Fouché tenga razón y el peligro no proceda de los viejos jacobinos sino de esos bandidos a sueldo de Inglaterra y de los Borbones.

Portalis defiende la libertad de prensa, sin pensar en que reestablecería rápidamente la anarquía.

Como en el campo de batalla, son buenos y fieles ejecutores. Pero él general en jefe, imagina y presiente. La magnitud de la conspiración es a la medida de las apuestas del momento, inmensas. Por lo tanto, las ramificaciones deben llegar lejos y ser profundas.

Si la justicia, obliga a castigar rigurosamente, la política exige castigar sin excepción.

Lo tienen todo previsto. Un total de mil sesenta y cinco hombres, un pequeño ejército, participará en la acción. Nunca hay que escatimar efectivos, aunque sea para una operación de este género. El número es decisivo para reducir al enemigo. Y, cuando comienza la acción. Todos los elementos contribuyen a su éxito.

Los hombres necesitan compartir; o cuando menos creer que comparten, los secretos del jefe. Así se crea en torno a su personal el pequeño grupo de fieles sin el cual no hay poder.

Estoy rodeado de complots, y debo infundir terror o morir.

He derramado sangre porque debía hacerlo, y probablemente lo siga haciendo todavía. Pero sin ira, y sencillamente porque la sangría entra en las combinaciones de la medicina de la política.

Cuando se ha realizado una acción es una estupidez no defenderla.

Mostrarse generoso es también un acto político.

El tiempo apremia, y más vale consumirlo antes que él lo consuma a uno.

Gobernar, para él, es también dar la sensación de que el emperador habla y actúa para cada persona en particular y espera de ella un acto singular. Dice al general Lauriston: Recuerde siempre estas tres cosas: concentración de fuerzas, energía y firme resolución de morir con honor.

De ningún modo deseo ver mi corte bajo el imperio de las mujeres. Bastante perjudicaron a Enrique IV y a Luis XIV; mi trabajo es mucho más serio que el de aquellos príncipes, y los franceses se han vuelto demasiado formales para perdonar a su soberano enredos públicos y amantes oficiales.

La fuerza de las armas es el principal sostén de los Estados.

Los banqueros son los que, en las sombra, dirigen los mecanismos de la guillotina.

En la guerra como en política, el momento perdido no vuelve.

En la guerra, la audacia es el cálculo más hermoso del genio.

La velocidad es mi arma.

Hay que acabar de una vez. Imponer al enemigo la batalla en las condiciones y el momento que yo elija. Como un jugador de ajedrez, que calcula varios movimientos por adelantado y atrae a su adversario hacia la trampa que ha planedo.

Aquel que no es capaz de mirar sin compasión un campo de batalla llevará muchos hombres inútilmente a la muerte.

Bernardotte me ha hecho perder un día, y de un día depende el destino del mundo. Todo puede cambiar en un instante; un batallón decide una jornada.

Las grandes partidas de ajedrez son siempre simples. Hay que imaginar lo que pretende el adversario. Y conviene hacerle creer que eso que desea es posible.

Esta organización racional culminará lo que la convención había iniciado. La revolución ha abierto la vía. El la prolonga y hace posible su proyecto: basta asociar el Código Civil a la monarquía y conservar las formas dinásticas, mientras trastoca la sociedad para que nazca una nueva Europa. Eso es lo que él hace y quiere: fundar. Es el primero de una dinastía, la cuarta desde Carlomagno.

Gobernar supone un trabajo sin descanso, una vigilancia permanente, una voluntad en constante tensión.

Yo no veo en religión el misterio de la encarnación sino el misterio del orden social; atribuye al cielo una idea de igualdad que impide que el rico sea masacrado por el pobre.

Pero los hombres se sienten siempre tentados a hacerse querer en lugar de gobernar con el vigor necesario.

El fanatismo militar es lo único que me resulta útil. Es necesario para hacerse matar.

Los asuntos se meditan mucho y, para conseguir éxitos, hay que pensar durante meses lo que puede suceder.

Pero las lecciones de la experiencia se olvidan y en algunos hombres el sentimiento de odio y de envidia no muere jamás…

Vencer no sirve de nada sino aprovechamos el triunfo.

El mayor peligro sobreviene en el momento de la victoria.

El espíritu de los hombres es un campo de batalla.

¿Cuánto puede durar por la fuerza? La fuerza es impotente para organizar cualquier cosa.

No hay más que dos poderes en el mundo: el sable y el espíritu. A la larga el espíritu se impone siempre al sable.

¿Qué valor tienen la amistad y la confianza en la política? ¿Y cuánto tiempo duran?

El placer no se dirige a toque de tambor.

Tenga cuidado – continúa Fouché -. El español no es flemático como el alemán; se siente apegado a sus costumbres, a su gobierno, a sus viejos hábitos. Una vez más, evite transformar un reino tributario en una Vendée.

¿Cómo separarme de ella, que me ha visto ascender todos los peldaños del destino? ¿Cómo no temer que mi ruptura con ella sea el final de mi buena estrella?

Abramos, pues, sesenta o cien albergues para extirpar la mendicidad – dice. ¡Hay que trabajar con energía!. – ¡Acelere todo eso y no se duerma en el trabajo ordinario de los despachos! No debemos pasar por la tierra sin imprimir en ella huellas que perpetúen nuestra memoria en la posteridad.

Pues, aunque está convencido de que el pasado nunca triunfa, hay que ser astuto. Incluso cuando se es el emperador de los reyes.

¡País de monjes y curas, que precisa una revolución!.

Nunca resulta beneficioso hacerse odioso y desatar los rencores.

Napoleón se dispone a abandonar Paris para acercarse a España, a Bayona, púes sólo es capaz de captar bien la realidad de las cosas cuando las ve, las toca, las abarca. El mundo es como una mujer: sólo se conoce y se comprende cuando se lo posee.

Napoleón tira la carta. En eso se convierte un hombre cuando se le da poder. Se ciega.

Estoy solo, sin nadie que igual a mí y por lo tanto sin aliado. ¡Sin nadie que comprenda mi política!

Incluso en su entrenamiento, debe estar al frente. Y le gusta el movimiento de los hombres alineados, la perfección mecánica de sus gestos y sus pasos.

Desean ver en mi rostro las cicatrices de sus derrotas. Se preguntan si el emperador titubea, si su poder se ha debilitado. Están al acecho. Dispuestos a abandonarme, a traicionarme si vacilo y tropiezo. No saben qué voy a decidir y rumorean cuando avanzo entre ellos.

Acude a la residencia de María Walewska. Ella lo recibe con los brazos abiertos. El amor desinteresado de una mujer, su juventud y su ternura son como las victorias: la fuerza y la energía de la vida.

¡El coraje nunca es suficiente!

Cabalga hasta el pueblo de Buitrago, donde va a dormir. A veces, un puñado de hombres bastan para cambiar el curso de la guerra.

¿Quién puede resistir a la fuerza y a la determinación? Ahora hay que cambiar España. Napoleón dicta por la noche el texto de un decreto.

Madrid se ha rendido y ha sido ocupada al mediodía.

A partir de la publicación del presente decreto, quedan abolidos los derechos feudales en España.

El tribunal de la inquisición queda abolido, por atentar contra la soberanía y la autoridad civiles.

A partir del próximo 1 de enero, se suprimen las barreras entre provincias, y las aduanas serán trasladadas y establecidas en las fronteras.

Habría que aplicar el Código Civil – dice a Berthier -. El Código civil es el código del siglo; en él, no solamente se predica la tolerancia, sino que además se regula.

La inquisición, los monjes, el fanatismo… Piensa en el oficial colgado boca abajo.

Sólo puede decidir y ser respetado aquel que se bate.

Mi deber es conservar el ejército. Es mi deber hacia Francia, que me confía a sus hijos. En dos meses habré forzado a los austriacos a deponer las armas…

– Metternich parece ya un hombre de estado – señala a Champagny – ; miente muy bien.

La guerra esta ahí. Por lo tanto, lo quiera o no, debo vencer.

En definitiva, Talleyrand y los realistas del Faubourg de Saint – Germain también lo han traicionado.

Los campesinos se han vuelto unos fanáticos por la influencia del capuchino Haspinger.

¿Loco? Se atreven a pronunciar semejantes palabras porque se creen que no podré afrontar el desafío, me ven estrangulado. Austria se arma. España sigue insurrecta. Los ingleses están en Portugal. Alemania se agita. Rusia se controla. Y en Francia conspiran y me traicionan.

¡Que dejen actuar a la justicia y ejecuten a ese espía, emigrado y traidor en la explanada de Grenelle!

¿Es eso digno de una emperatriz? Ya en el coche, lee los correos de Berthier. Los austriacos tienen superioridad numérica. Son cerca de quinientos mil hombres, y él sólo dispone de trescientos mil soldados en Alemania e Italia. Sus líneas se extienden de Ratisbona a Augsburgo.

Trata de tranquilizar al rey cogiéndolo de los brazos. El soberano reconoce finalmente la confianza que tiene en el “Júpiter moderno”.

Napoleón trata de serenarlo. Lannes tiene el valor de Murat y de Ney. Si los mejores dudan…

Napoleón se dispone a dar la orden de continuar el asalto y la marcha. Reconociendo en las palabras de Lannes de su propia convicción de que la persecución sólo acaba con la destrucción total del enemigo, pero está indeciso.

¿De qué me serviría ser prudente con enemigos que me quieren en el infierno?

El poder exige entregarse hasta el límite de sus fuerzas, o si no renunciar. Fouché tiene la energía necesaria para dominar el país.

Primero hay que ser soldado, luego soldado, y más tarde seguir siendo soldado; hay que vivaquear con la vanguardia, estar sobre el caballo día y noche, avanzar con la vanguardia para saber las noticias de última hora, en lugar de permanecer en el harén. Hermano usted hace la guerra como un sátrapa.

Si este es el odio de los pueblos, si los soberanos de Prusia, de Austria, de Inglaterra, y el aliado de Rusia y el papa han conseguido volver contra mí el incendio que debía por el contrario amenazarlos, si los pueblos prefieren el fanatismo a la razón, las costumbres y la religión al Código Civil y a las luces, en ese caso debo reconciliarme lo antes posible con ellos y firmar la paz con Viena a cualquier precio.

No teme a la muerte, pero debe tomar medidas.

No ha llegado aún mi hora. Desde mi primer combate, supe que era inútil querer preservarse de la balas y me abandoné al destino.

La política carece de corazón; sólo tiene cabeza.

He amado mucho a Josefina – dice Napoleón – pero no le guardo mucho aprecio: es demasiado mentirosa.

En definitiva, su reino no es de este mundo.

Está ansioso por acabar. Descubre las plazas vacías de los obispos, que se han negado a asistir a la ceremonia por fidelidad al papa y para protestar por las medidas adoptadas contra él. Se siente invadido por la cólera. Bigot de Préameneu, ministro del Culto, convocará a los cardenales y los inculpará de injuria grave, prohibiéndoles cualquier signo externo de dignidad episcopal; así pasarán a ser unos “cardenales negros” como buitres.

En realidad, no quiero a un ministro de policía que siga su propia política. Quiero a un ejecutivo que sea fiel en cuerpo y alma, alguien que atemorice sin necesidad de actuar.

Todo esto es una escena de ópera, y los ingleses son los que mueven los hilos.

Prefiero tener enemigos que amigos dudosos, y esto último me sería sin duda más ventajoso.

Pero ¿quién puede impedir el movimiento de las cosas?

No obstante, creo en la utilidad de la religión.

Los sacerdotes igual que mis prefectos y mis gendarmes, deben asegurar la paz en mi imperio y obedecer.

¡Si se dedican a dormir y a llorar nunca conseguirán nada!.

Cuando no se es el más fuerte, conviene ser el más político.

El cuerpo de un enemigo muerto siempre huele bien.

Las batallas sólo se ganan si no se pierde la cabeza. Al fin, la fortaleza cae.

La guerra y las victorias son asunto de opinión. Kutuzov puede escribir a su emperador que ha ganado la batalla. El general Benningsen hizo lo mismo en Eylau. Y la calumnia se difundió por Europa. Debe, pues, adelantarse a combatir la mentira que destruiría los efectos de la batalla. Dicta una carta para el emperador de Austria.

¿Pero cómo negociar la paz si nadie está aquí para escucharme y responderme?

Conviene siempre intentarlo todo.

Siempre que no es posible aniquilar totalmente a un adversario, conviene dejarle posibilidad de escapar y salvar las apariencias, para que en lugar de verse abocado a combatir hasta la muerte acepte negociar.

De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso, y es la posteridad quien lo juzga.

Me consideran severo, incluso duro. Mucho mejor, porque así estoy dispensado de serlo. Si vivo diez años más, todos disfrutarán de bienestar. ¿Acaso cree que no me gusta procurar satisfacciones?

A Josefina le concedía incluso aquello que hubiera debido denegarle.

Y el pueblo francés me quiere. Al decir “el pueblo” quiero decir la nación, porque nunca he favorecido a eso que mucha gente llama “pueblo”: la chusma.

La sociedad de los salones es siempre hostil contra el gobierno. Lo critican todo sin alabar nunca nada. Pero la masa de la nación es justa.

Los soldados apocados y timoratos hacen perder la independencia de las naciones, pero los magistrados pusilánimes destruyen el imperio de las leyes, los derechos del trono y el orden social mismo.

La guerra que mantengo con Rusia es una guerra política – dice – , sin animosidad. Hubiera deseado evitar los perjuicios y proclamar la libertad de los esclavos… Así me lo han reclamado muchos pueblos, pero me he negado a tomar una medida que hubiera conducido a la muerte de miles de familias…

¡Y bien, señores, la fortuna me ha cegado! Me he dejado arrastrar en lugar de seguir el plan que había concebido. He llegado hasta Moscú, creyendo que allí firmaría la paz, y he permanecido demasiado tiempo. Al creer que podía conseguir en un año lo que debía ejecutarse en dos campañas he cometido una grave falta, pero sabré repararla.

¿Puede creer que Murat nunca escribe a sus hijos sin mojar el papel con abundantes lágrimas? ¡Las impresiones son más fuertes que él! En vez de dominarlas, se deja afectar por ellas.

Napoleón lee los informes de los agentes franceses. Alemania se subleva. Las tropas rusas de Wittgenstein han sido recibidas en Berlín por una multitud delirante.

No deja la vanguardia, aunque siempre ha insistido a sus generales en que un jefe sólo debe asumir riesgos cuando ello es imprescindible para la conducta de los hombres, y que en las demás circunstancias el oficial debe proteger su vida.

El tiempo es suave. En un mes, ha hecho recular a los rusos y los prusianos más de trescientos cincuenta kilómetros. Los ha derrotado en todas las ocasiones, pero no ha conseguido destruirlos. Le falta la caballería para perseguirlos.

¿Quién la desea verdaderamente? Sólo se concertará sobre la derrota de mis enemigos o mi capitulación. Pero he de actuar como si la paz fuera posible. Hay tanta gente que la anhela, que el deseo los ciega.

La represión es justa si es de utilidad.

Sólo puede hacerse la guerra con vigor, decisión y una voluntad férrea – escribe al general Berntrand – ; no hay que tantear ni vacilar. Instaure una disciplina severa y, en campaña, confié plenamente en sus tropas.

En Austria y en Prusia, los informadores del rey aseguran que Londres se dispone a prestar más de un millón de libras a Rusia, y más de seiscientas mil a Prusia, para ligarlos a un tratado que les impediría interrumpir los combates contra el emperador sin la autorización de Londres. Inglaterra se arroga así el derecho de dictar sus condiciones y elegir el momento de la paz.

Metternich no es más que uno de esos hombres que confunden la mentira con la alta política.

Al casarme con una archiduquesa – dice -, quise unir el presente y el pasado, los prejuicios bárbaros y las instituciones de mi siglo; pero me equivoqué, y hoy reconozco la gravedad de mi error.

Un acontecimiento imprevisto y brutal es lo único que puede salvarnos, y no hay más remedio que combatir.

Mi intención es que usted coloque a sus tropas en dos filas en lugar de tres. El enemigo, acostumbrado a vernos en tres filas, creerá que nuestros batallones están reforzados por un tercero.

¿Cuánto tiempo lo creerá? Pero, en la guerra, un instante de incertidumbre puede decidirlo todo.

Aunque mi gran ejército resiste, se debilita con los golpes. Mata más hombres de los que pierde, pero no tengo nueva sangre que darle; el enemigo, en cambio, tiene detrás de él a toda Europa.

Cuando el destino es contrario, o se acepta, o se muere, o se combate.

Uno de mis errores ha sido creer que necesitaba a mis hermanos para garantizar mi dinastía.

Un pueblo sin dirección se convierte en populacho.

La estrategia es la ciencia de la utilización del tiempo y del espacio. Yo, por mi parte, soy menos avaro del espacio que del tiempo. Porque el espacio puede siempre recuperarse, pero el tiempo perdido, jamás.

Si no hay otro vino embotellado más que champaña, cójalo; ¡siempre es mejor que lo bebamos nosotros que el enemigo!

Preferiría que mataran a mi hijo antes que saberlo algún día en Viena, como príncipe austriaco, y la buena opinión que me merece la emperatriz me permite conjeturar que ella es de mi mismo parecer, en la misma medida en que una mujer y una madre pueden serlo.

Sólo dispone de cincuenta mil hombres, mientras que los coaligados reúnen a unos trescientos mil. Pero hay que sorprenderlos y ser más fuerte allí donde se combate.

En todas partes – exclama – recibo quejas del pueblo sobre los alcaldes y los burgueses, que les impiden defenderse. Lo mismo sucede en Paris.

¡No cabe verse peor secundado de lo que yo lo soy!

Tendría que penetrar en el alma de cada oficial, de cada soldado, de cada ministro. No deja de repetirlo: Todo puede remediase con valor, paciencia y sangre fría. Pero, si se dedican a componer imágenes con los hechos y a excitar a la imaginación, de semejante proceder sólo puede nacer cobardía y la desesperación.

Su carácter y el mío – escribe a José – son opuestos. A usted le gusta adular a la gente y someterse a sus ideas; yo prefiero que me adulen y obedezcan las mías.

Ahora, como en Austerlitz, soy el amo.

¡Nunca hay que renunciar!

No se hace la guerra contra los propios oficiales.

Sire, los mariscales lo traicionan, pero los polacos no lo traicionarán jamás. Todo puede cambiar, menos su fidelidad. Nuestra vida es necesaria a su seguridad. Dejo mi acantonamiento, sin que se me haya ordenado, para reunirme con usted y organizar batallones impenetrables.

Salvó raras excepciones, Caulaincourt, las circunstancias son más fuertes que los hombres. Todo excede los cálculos humanos.

Caulaincourt asiente, y explica que los soldados de Marmont gritaron “viva el emperador” e insultaron a los generales, y que Marmont necesitó toda su autoridad y sus mentiras para convencerlos de que se rindieran cuando estaban ya rodeados por los austríacos.

¡De cuántos hombres se tiene una falsa opinión! ¡He colmado de bienes a miles de miserables! ¿Y qué es lo que ellos han hecho por mí últimamente? Traicionarme, todos.

Yo no he sido un usurpador, porqué sólo acepte la corona de acuerdo con el deseo unánime de la nación; mientras que Luis XVIII la ha usurpado, al ser llamado al trono por un vil senado del que más de diez miembros votaron la muerte de Luis XVI.

Oye la gente preguntarle: ¿Qué nos va ha pasar con un gobierno dirigido por los ingleses?

Esos pobres diablos de los Borbones se conforman con tener sus tierras y sus palacios, pero si el pueblo francés lo desaprueba y no encuentra suficiente apoyo a sus manufacturas, los expulsarán en menos de seis meses.

Que la población de Portoferraio decore sus calles, y la artillería de los fuertes de Stella y Falcone salude la llegada de mi hermana.

El 21 de enero de 1815 se festejó la memoria de Luis XVI con ceremonias expiatorias, en las que se amenazó a los regicidas, ¿Qué pensarán Fouché y algunos otros jacobinos que se hacen los arrepentidos? Todo el país debe de sentirse humillado, indignado por esa política que pretende borrar más de veinte años de historia.

Napoleón lo escucha, mientras el habla con voz exaltada. Francia espera al emperador. Los soldados y los campesinos se levantarán masivamente. Todos los que no soportan el regreso de los aristócratas y de los jesuitas se sumarán. Toda Francia lo espera.

Perdonará pues a Murat, sin olvidar nada de cuanto ha hecho. Por otra parte, lo necesito. ¿No dice Talleyrand en Viena “que hay que expulsar a Murat porque no debe haber ilegitimidad en ningún rincón de Europa”?

De nuevo ruedan los dados sin que nadie pueda detenerlos.

El trono de los Borbones sólo existe por el interés de algunas familias. Toda la nación debe revelarse contra el regreso del Antiguo Régimen.

¡Ciudadanos! – comienza -. Cuando supe en mi exilio de todas las desgracias que pesaban sobre la nación, que todos los derechos del pueblo eran despreciados, no perdí un momento; desembarqué en suelo de la patria y sólo pensé en llegar con la rapidez del águila a esta villa de Grenoble, cuyo patriotismo y lealtad a mi persona me eran particularmente conocidos.

Ahora se extiende de nuevo por culpa de los Borbones, que no han aprendido ni olvidado nada.

Que tomen nota de los siguientes decretos: restablecimiento de los tres colores, supresión de las órdenes reales, licenciamiento de la casa del rey, anulación de todos los nombramientos hechos en el ejército y las legiones de honor concedidas después de abril de 1814. Exilia a los emigrados que han vuelto desde 1814.

Restituye los bienes nacionales devueltos a los emigrados. Secuestra los bienes restituidos a los Borbones durante el último año. Disuelve las Cámaras y convoca en el Champ de la fédératión una asamblea de los electores de Francia, donde la nación se dará sus propias leyes. Y concluye: será el Champ – de – Mai.

Los hombres son sus acciones. ¿Se ha unido a mí porque soy vencedor? Bueno, basta con seguir siéndolo para que Ney me sea fiel.

No necesita excusarse – dice – Napoleón a Ney -. Su disculpa, como la mía, está en los acontecimientos, que han sido más fuertes que los hombres. Pero no hablemos más del pasado y recordémoslo sólo para conducirnos mejor en el futuro.

Le abre los brazos, y Ney se precipita hacia ellos. Así son los hombres.

Me han traído hasta París las gentes desinteresadas – continúa -. Todo lo han hecho los suboficiales y los soldados; se lo debo todo al pueblo y al ejército.

Lo encuentro muy cambiado – le dice -. De todos nosotros, sólo yo me encuentro bien. Nada me ha asombrado más al volver que el odio a los curas y la nobleza, tan universal y virulento como al comienzo de la Revolución.

Recibe a Davout, un mariscal de su confianza, duque de Auerstaedt y príncipe de Eggmuhl. En Hamburgo defendió la ciudad aún mucho después de que desapareciera cualquier posibilidad de éxito. Hizo disparar contra la bandera blanca.

Una vez más, todo se jugará en un campo de batalla. Me veo forzado a ello, no me dejan elección.

No quiere la antigua Francia. Va a dar carácter ejecutorio a todas las leyes votadas por las asambleas revolucionarias contra los Borbones. Entre esa dinastía y él, no habrá cuartel.

¿Pero cuántos han sido totalmente fieles, cuántos han resistido a la atracción del poder?

Ella tiene buenas razones, claro. ¿Quién no las tiene, incluso para la más vil de las traiciones?

Cuando se ha compartido el ascenso de una familia, hay que compartir también la desventura.

Algo ha muerto en su interior. No sólo su amor hacia María, sino la esperanza sin la cual no hay sentimientos profundos hacia otra persona.

La obra de quince años ha quedado destruida – dice a Carnot, ministro de interior -. Es imposible reiniciarla. Se necesitarían veinte años y el sacrificio de dos millones de hombres. Por otra parte, deseo la paz pero sólo la obtendré a fuerza de victorias.

Toda soberanía reside en el pueblo. Dice de inmediato Molé protesta contra esa máxima “digna de 1793”. Aluden al espantapájaros de Robespierre y la sombra de la guillotina. Entonces tiene que tranquilizarlos.

Es conveniente servirse de los jacobinos en este momento para combatir el peligro inminente – explica Napoleón a Molé -, paro esté tranquilo porque estoy aquí para frenarlos. No me harán ir más a llá de donde yo quiera.

Tenía entonces por objetivo organizar un gran sistema federativo europeo, que adopté en conformidad al espíritu del siglo y a favor del progreso de nuestra civilización. Mi objetivo ahora sólo es acrecentar la prosperidad de Francia por el reforzamiento de la libertad pública.

Llama a Marchant para que lo ayude a desvestirse. Se siente agotado. Luego vuelve a su despacho y examina los informes de los espías que vigilan a Fouché, que no obstante es ministro de polícia.

¿Pero como confiar en Fouché? Ese hombre sabe ahogar la rebelión realista surgida en el oeste y atizada por Wellington. Pero también es capaz de pensar en mi derrota para organizar después de mi caída el régimen que le convenga por esa razón ha presionado en las elecciones a la Cámara de los Diputados que se celebrarán a finales de mayo de 1815. Por eso también sus delegados establecen contacto con Metternich.

Llama a Fouché. La impasibilidad del duque de Otranto lo fascina y lo irrita al mismo tiempo.

Es usted un traidor, Fouché – le dice con desprecio -. Debería hacerlo fusilar. Sire, no comparto la opinión de su majestad – masculla Fouché sin inmutarse.

La justicia fundamental es la salud pública.

Los cobardes y los indecisos sólo hacen la historia cuando no la protagonizan los héroes. Si soy vencido o si muero, los mediocres gobernarán Francia.

No hay más que un puñado de jacobinos, tal vez unos cuarenta, además de ochenta diputados que me son fieles, y el resto, la mayoría de los que me temen y a los que llaman liberales, sólo piensan en sus bienes

Me apuñalarán si me saben débil y me seguirán si soy fuerte. Y discutirán en cualquier circunstancia, incapaces de tomar una decisión.

¿Dónde está el pueblo en todo esto? ¿Dónde están los campesinos, los suboficiales, los soldados que me llevaron desde el golfo Juan hasta las Tullerías? ¿Dónde están esos hombres de quienes dicen los prefectos que se enrolan en el ejército para combatir en las fronteras, que trabajan en las fortalezas sin remuneración, y responden a la circunscripción Con un entusiasmo asombroso?

La nación francesa es hermosa, noble, sensible, generosa, siempre dispuesta a emprender todo cuanto es grande y digno. Dice a Davout.

La rueda de la fortuna gira de nuevo, dispuesta a aniquilar a muchos hombres y posiblemente a abatirme.

¡Y he de combatir contra toda Europa, más de un millón de hombres y todo el dinero de Inglaterra.

Ya en su despacho, dicta: “las hostilidades comenzarán el 14 de junio”. Consulta rápidamente los correos. Los ejércitos coaligados rusos, austríacos, holandeses, ingleses y prusianos convergen hacia Bélgica. Ha llegado el momento.

Esperemos que no tengamos que echar de menos la isla de Elba.

Napoleón siente el pecho oprimido y le cuesta respirar. Hace ya varios días que lo martirizan los dolores, pero debe extraer de sí toda la energía para esa jornada. No necesita estudiar más los mapas.

En mi cabeza, todo es claro y sencillo. El primer ataque será sobre la derecha de Wellington, en el castillo de Hougoumont. Wellington desguarnecerá parte de su centro para afrontar la amenaza. Yo atacaré entonces el centro, en la zona de las granjas de Haie – Sainte y Papelotte. Luego, Grouchy y su cuerpo de ejército, a los que he hecho llamar, se precipitarán por la izquierda de Wellington.

Pude ver perfectamente todos los momentos de la batalla, hasta su desenlace.

La infantería inglesa es inexpugnable por su serena tenacidad y la superioridad de su puntería – añade el general Reille -.

Luciano se indigna, Carnot protesta; sugieren que el emperador se declare dictador. Cuenta con el pueblo y el ejército.

La partida esta echada. Tu destino ha concluido. La fortuna te abandona. No está ya unida a tus pasos. Te lo ha ofrecido todo, no puede darte nada más. Te ha satisfecho, y ahora se aleja. Para actuar, uno debe estar convencido de su buena fortuna. Y yo ya no tengo la sensación de avanzar al paso del destino. Estoy solo, sin guía. Puedo conseguir por la fuerza algunos favores, pero son vanas ilusiones.

Mi tiempo se ha acabado.

Sire – comienza Thiébault -, permítame manifestarle una lealtad tan profunda como respetuosa.

Este es un hombre que no va con la cabeza gacha hacia los vencedores.

¡Abajo los Borbones! ¡Abajo los traidores! ¡Viva Napoleón!.

Ya lo veo – dice -, no es precisamente a ellos a quienes he colmado de honores y de riquezas. ¿Qué me deben? Los encontré pobres y pobres los he dejado. Pero el instinto de nacionalidad los inspira, la voz del país habla por su boca y, si yo quisiera, si lo permitiera, en una hora la Cámara rebelde dejaría de existir. No obstante, la vida de un hombre no vale ese precio; no ha vuelto de la isla de Elba para inundar de sangre Paris.

La muerte no significa nada. Sin embargo, ha de dar a su vida pasada una conclusión digna de la gloria que lo caracterizó.

Es siempre peligroso confiarse a los enemigos – le dice a Gourgaud -, pero más vale confiarse a su honor que ser su prisionero de derecho.

De acuerdo, escribamos nuestras memorias – dice -. Pongamos a trabajar; el trabajo es la hoz del tiempo. En definitiva, mi gran doctrina es que todos hemos de cumplir nuestro destino. ¡Pues que se cumpla también el mío!

Que sean felices, queridos amigos. Aunque no nos volvamos a ver, mi pensamiento no se separará de ustedes ni de quienes me han servido. Digan a Francia que ruego por ella.

Entra en su camarote y se acuesta en su pequeña cama de campaña con cortinas de seda verde. Junto al lecho, Marchand ha instalado el lavado de plata, así como el escritorio con las armas imperiales y los libros de la biblioteca ambulante.

Es un vivac de campaña para mi última guerra, pero sin armas ni la vieja guardia.

Mi única fuerza ahora es mi espíritu. Mi poder está en mi voluntad.

¡Adiós Francia! Pero no cede a la nostalgia ni a la emoción, y esa impasibilidad sorprende a los ingleses. ¿Qué le importa estar a bordo del navío inglés, en ese comedor donde el almirante Cockburn se sorprende de que Napoleón coja la chuleta con las manos y se levante al cabo de unos minutos, después de acabar su cena, cuando los demás están aún sentados?

Yo soy dueño de mí. ¿Qué importa dónde esté?

Que la memoria de cuanto he hecho sea mi dinastía.

Pero sigue indignado: los ingleses tratan de humillarlo abriendo su correspondencia. ¡Mezquinos y sórdidos carceleros!

En la mesa, rodeado de su reducida corte, exige que para la cena vistan sus uniformes con sus condecoraciones prendidas, y que las señoras de Montholon y Bertrand se presenten en traje de gala. La etiqueta y la disciplina son un modo de mantener su posición. Todo se ha reducido a su alrededor; no hay palacios, ni chambelanes, ni cortesanos. Pero deben preservar lo que depende exclusivamente de ellos.

Una noche menos. Un navío de la Compañía de Indias ha llevado los periódicos del Cabo, en donde anuncian la ejecución de la Bédoyére y el asesinato de Brune por los realistas en Aviñon.

La Bédoyére era eminentemente francés – murmura Napoleón, horrorizado por la injusticia -, Noble y caballeroso.

Convoca a Gourgaud, Montholon, Las Cases. El empleo del tiempo será preciso y deberá respetarse. Dictará cada mañana. Las cenas se celebrarán a las ocho, los oficiales irán en uniforme de gala y las damas con trajes escotados. Atribuye a cada miembro de su casa una función particular. ¿Con qué fin? Aguantar y resistir, para no dejarse corroer por la desesperación.

Murat ha sido fusilado por los calabreses. ¡Y Ney por los franceses!

He gobernado, y sé que algunas misiones y determinadas instrucciones sólo se encargan a hombres sin honor – comenta Napoleón -.

Implanté en Francia y en Europa nuevas ideas, que ya no podrán retroceder.

No ha habido horror u oprobio que ustedes los ingleses no me hayan inflingido con saña – dice al doctor Arnot -. Hasta las simples comunicaciones familiares, que nunca se han prohibido a nadie, ustedes me las han negado. ¡Mi mujer y mi hijo han dejado de existir para mí! Me han mantenido seis años bajo tortura e incomunicado.

DICIEMBRE 2023

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